Cada comienzo de año llega acompañado de una lista de propósitos: hacer más ejercicio, comer mejor, ahorrar dinero o dedicar más tiempo a la familia. La idea de “empezar de cero” convierte a enero en un momento simbólico, donde muchas personas sienten que es la oportunidad perfecta para cambiar hábitos y corregir lo que no funcionó el año anterior.
Sin embargo, estudios y especialistas coinciden en que gran parte de estos propósitos fracasan antes de terminar el primer trimestre. Las razones son variadas: metas demasiado ambiciosas, falta de planificación, expectativas poco realistas o intentar cambiar muchas cosas al mismo tiempo.
Otro factor clave es que muchos propósitos se basan más en la culpa que en la motivación real. Cambiar “porque debo” suele ser menos efectivo que hacerlo “porque quiero”. Cuando los objetivos no conectan con una necesidad personal concreta, el entusiasmo inicial se diluye rápidamente y aparece la frustración.
Para no morir en el intento, los especialistas recomiendan fijar metas pequeñas y alcanzables, dividir los objetivos grandes en pasos concretos y medibles, darse margen para equivocarse. También ayuda establecer plazos realistas, llevar un seguimiento simple y celebrar avances, por mínimos que sean.
Pese a los fracasos recurrentes, los propósitos de Año Nuevo siguen siendo populares porque representan esperanza, orden y sensación de control sobre el futuro. Más que una lista rígida, pueden convertirse en una oportunidad para reflexionar sobre lo que se quiere mejorar, entendiendo que cambiar hábitos es un proceso y no una carrera contra el calendario.